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El perdón que libera

hace 7 horas
1 min de lectura

El rencor encarcela a quien lo guarda. Perdonar es abrir la puerta de la cárcel y descubrir que el preso eras tú.


Pedro preguntó a Jesús cuántas veces debía perdonar a su hermano, ¿hasta siete? Jesús respondió: setenta veces siete (Mt 18, 21-22), es decir, siempre. Y en el Padre Nuestro pedimos ser perdonados en la misma medida en que perdonamos (Mt 6, 12).


Muchas personas que buscan sanación cargan heridas antiguas: de los padres, del cónyuge, de quien las hirió en la infancia. Esas heridas pesan en el cuerpo, en el sueño, en las relaciones.


Perdonar no es olvidar, no es decir que el mal no fue mal, y no obliga a convivir con quien sigue hiriendo. En casos de violencia, buscar protección es un derecho y un deber. Perdonar es entregar a Dios el derecho de cobrar la deuda y dejar que Él se ocupe de la justicia.


Un paso concreto: escribe el nombre de quien necesitas perdonar, llévalo ante el Santísimo o ante la Santa Faz y dile a Jesús: “todavía no puedo, pero quiero querer”. Él comienza su obra a partir de ese pequeño sí.


Para rezar


Señor, decido perdonar a quien me hirió. Tú sabes cuánto duele. Quítame el rencor, sana mi memoria y bendice también a esa persona. Libérame para amar de nuevo. Amén.


Importante: todo en este ministerio se realiza en comunión con el obispo diocesano y con el párroco de cada comunidad. La oración no sustituye el tratamiento médico o psicológico, y el exorcismo propiamente dicho está reservado al sacerdote autorizado por el obispo (Catecismo, n. 1673).

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